Perder se siente mal, perder dos veces en el mismo día se siente horrible.
Italia fue mi gallo desde el inicio de la Eurocopa y me alegré mucho cuando llegaron a la final, sobre todo porque venían de vencer a Alemania, uno de los favoritos. Ya quería ver las caras de las personas que le iban a España cuando perdieran. La cara me la vieron a mí. Cuatro a cero. Marcador nefasto.
Soy de los que creen que ganar una final no te hace precisamente ser merecedor del título de “el mejor”. ¿Recuerdan hace dos años cuando Holanda perdió frente a España? Holanda venía de dos años de estar invictos y se les ocurre perder precisamente en el partido que les daría el título de campeón del mundo.
Como sea. El fútbol es fútbol y ya. Los partidos se terminan, los estadios se vacían, se apaga o se cambia de canal el televisor, se paga la cuenta y nos retiramos del bar. Al otro día, vamos al trabajo, a la escuela y la rutina regresa. Se pagan las apuestas y todos volvemos a ser amigos. Se reconocen las victorias, no queda de otra.
No siento la misma resignación con la otra “derrota” (sí, de una vez vamos entrecomillándolo)
Me declaro una persona apartidista y, sin orgullo de decirlo, muchas veces apático en cuestiones políticas. Al revisar, los perfiles, las propuestas, los antecedentes, todo aquello que se nos repitió hasta el hartazgo que no evitáramos revisar a la hora de emitir nuestro voto; me decanté por Andrés Manuel López Obrador.
Sí, he hecho bromas sobre AMLO (como de los otros candidatos) en mi twitter. No, no estoy de acuerdo en la totalidad de sus propuestas ni creo todo lo que se dice o venga de él. Es más, aquí en confianza les confieso algo: no hubiera votado por él hace seis años. Pero no me tiembla la voz al decir de que es (me niego a escribir era) la mejor opción. Y no, no estoy recurriendo al estúpido recurso de “el menos peor”.
No, Peña Nieto no es la maldad encarnada ni es un criminal por no poder mencionar tres libros o estar irremediablemente perdido sin un guion a la mano. Es cierto. Pero también es cierto que los hilos que sostienen a esa marioneta emperifollada son sólo invisibles para los ciegos. Como sea, a López Obrador jamás se le acusó de tanto como al, hasta ahora, “presidente electo”: las matanzas de Atenco, encubrimiento de enriquecimiento ilícito, sobrepasarse en el monto asignado para su campaña electoral, compra de votos, confabulación con los principales medios de comunicación. Sí está sobadísimo enumerar tales cuestiones pero calificarlos de gravísimos no es una exageración. Lo peor, todo esto no parece ser propio de alguien cuya habilidad más grande parece ser posar para las fotos. Parece que viene de atrás. Suena más lógico que paranoico.
López Obrador no es el Mesías. No creo que seis años basten para un giro de ciento ochenta grados para el país pero las grandes revoluciones vienen de un primer empujón. Si alguien representa, entre todas las propuestas actuales, las intenciones y probabilidades de un cambio radical es Andrés Manuel. Detrás de él se encuentra un equipo de gente con impecable preparación comandado por el One Army Man, Marcelo Ebrard. Detrás de Obrador se encuentran simpatizantes de todos los estratos sociales. Detrás de él se encuentra la mayoría de la juventud que reclama a gritos un cambio.
Pensar que la izquierda representada por Obrador es peligrosa, es ingenuo. Que como tren sin frenos sus planes llevan al descarrilamiento económico del país, una tontería. No es que le tenga fe ciega, que sus números sean ley de oro pero no creo que su equipo maneje las cosas a la ligera y con ingenuidad. Sobre todo, no tiene detrás a sanguijuelas a cuales pagarles primero.
No me trago lo que dicen de unas elecciones justas. No cuando se cuentan casos de compra de votos, de malos tratos, de impunidad en los medios. No me creo la historia del país que perdona al PRI y le da otro chance porque ahora sí, ya cambio. No creo que haya tanta gente (por Dios, no) que haya votado por él porque por lo menos “luce bien el Peña”. Mucho menos cuando estas elecciones huelen a maña, a gato encerrado. La rendición tan pronta de parte de los otros adversarios del príista y el llamado a la izquierda a apaciguarse me suena a falsa. ¿En serio? ¿Tan empeñados están en montarse en su macho que prefieren darle seis años del poder a un partido con tanta cola que le pisen en lugar de a un enemigo ideológico pero claramente mejor? Estamos mal, la verdad.
¿Llamar a una revolución social, a un movimiento ciudadano? Chinga, ¿quién soy yo para proclamar eso? Si esto fuera un discurso, lo anterior sería donde me temblará la voz. Pero sí puedo exigir. Sí puedo exigir una total transparencia de lo que resta del proceso, una minuciosa revisión de los resultados y una atención a cada irregularidad que surja, a todo aquello que huela a fraude, intimidación o manipulación. Y puedo pedir que aquellos con la convicción, con la entrega y decisión de no dejarse y no tragarse los resultados, no cuando todo parece demostrar que no se está jugando bien, no se dejen abatir. No ha terminado. No se puede permitir que tanto descontento pase inadvertido y sea calmado bajo el discursillo de que hay que apoyar a quien esté arriba sea quien sea. No cuando el de arriba parece más preocupado en atender los deseos de sus más cercanos en lugar de la gente. Que no quede en suceso.
Me enoja la “derrota” de AMLO pero me encabrona la “victoria” del PRI.




